En esta delicada figura, Ursi capta la esencia de la infancia sin artificio: el instante suspendido entre la calma y la curiosidad.

La niña, serena y descalza, parece contemplar el mundo con la pureza de quien lo observa por primera vez. Cada línea del bronce sugiere quietud y recogimiento, pero también una suave melancolía.

Ursi logra transformar el metal en emoción. La superficie pulida, la postura relajada y el rostro introspectivo convierten esta obra en una reflexión sobre la fragilidad del tiempo y la ternura humana. Una pieza que, más allá de su forma, invita al silencio y a la contemplación.


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