Ursi capta en esta figura el momento previo al destino, ese segundo en que el valor y la conciencia del peligro se confunden. El torero no es aquí un héroe vanidoso, sino un hombre enfrentado a su propia sombra. Su cuerpo, rígido y tenso, encarna la dignidad de quien asume su papel con serenidad, sin huir ni exhibirse.

Tallada con firmeza y sobriedad, la madera conserva la fuerza bruta del material, como si aún guardara la respiración del toro y del hombre. Las líneas rectas y los volúmenes cortantes expresan la lucha entre el control y la pasión, entre la forma humana y el impulso animal.
Ursi convierte la escena taurina en un símbolo universal: el enfrentamiento entre el hombre y su destino, entre la creación y la destrucción. En este torero no hay espectáculo, solo silencio, gravedad y arte


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