En esta escultura, Ursi nos muestra al trabajador que desciende cada día a las profundidades de la tierra. Su figura, inclinada sobre la pala, no expresa cansancio, sino propósito. No hay dramatismo, solo verdad: la del hombre que encuentra en el esfuerzo su forma de vida y su orgullo.

El metal cobra vida en sus manos, transformando el sudor en belleza y la rutina en símbolo. La tensión contenida en el cuerpo refleja la dignidad del trabajo, el peso del sacrificio y la calma del que sabe que su labor sostiene al mundo.
Ursi convierte al minero en emblema de todos los que construyen sin ser vistos, y hace del gesto humilde una lección de humanidad.

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