Ursi encuentra en esta Virgen románica un puente entre la fe y el arte intemporal. Tallada con la pureza de las líneas medievales, la figura irradia serenidad y recogimiento. Madre e Hijo se presentan con una frontalidad solemne, sin artificios, pero cargada de presencia espiritual.

La madera, viva y noble, se convierte en el vehículo de lo sagrado. Sus vetas, lejos de ocultarse, dialogan con el color, recordando que lo divino también habita en lo natural. La mirada serena de la Virgen y el gesto abierto del Niño transmiten una cercanía humana, una espiritualidad que nace del amor y del trabajo del artesano.

En esta obra, Ursi rinde homenaje al románico no desde la copia, sino desde la comprensión profunda de su esencia: la unión entre la devoción, la materia y la mano del hombre. Es una pieza que trasciende el tiempo, un canto a la espiritualidad, la sencillez y la pasión por el arte sagrado


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