En esta talla, Ursi rinde tributo a la espiritualidad serena del románico, donde lo divino se expresa sin artificio. La Virgen, sentada en su trono, no busca emocionar con gestos, sino transmitir la paz silenciosa de la fe antigua. Su mirada, fija y contenida, parece atravesar los siglos con la misma calma con la que fue esculpida.

Cada pliegue, cada curva del manto, conserva la pureza de un lenguaje que une lo humano y lo sagrado. No hay ostentación ni dramatismo, solo equilibrio, proporción y recogimiento interior.

Ursi interpreta la tradición románica no como una nostalgia del pasado, sino como una llamada a lo esencial: la espiritualidad desnuda, la belleza que nace de la simplicidad y la pasión por aquello que perdura


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